La Frontera

Nunca he estado tan cerca de México como aquella tarde en la que mi culo vibraba en el asiento de la camioneta Dodge de Greg. La luz rojiza trataba de hacerse hueco entre las gotas secas de barro que cubrían el parabrisas. Circulábamos por Alameda Avenue, en paralelo a la frontera y al Río Grande. También lo llaman Bravo. A mi no me pareció ninguna de las dos cosas. Esperaba que el torrente que da título a una de las mejores películas de John Ford, fuese más imponente que un mísero afluente del río Besós como el que serpenteaba por los suburbios que me vieron crecer.

Era mi primera vez en El Paso, en Texas y en los Estados Unidos. Greg señaló al otro lado de la valla que separaba los dos países y dijo algo así como: <<¿ves eso? Eso es el tercer mundo>>. Dejó caer aquella frase como los aviones de la II Guerra Mundial dejaban caer las bombas. Con su inconfundible acento tejano y sin apartar la vista de la carretera. Esa afirmación impactó en mi lóbulo temporal y me estremecí. Agradecí estar con Greg en el primer mundo, que era donde estábamos a pesar de la mierda que cubría su coche. Del segundo mundo ni rastro por cierto.

Juárez se extendía a los pies de un grupo irregular de montañas. En una de ellas habían escrito en letras blancas y enormes ‘La Bíblia es la verdad. Léela’. Me impactó y me hizo pensar en una pintada similar que veía a diario, desde el autobús, en mis años de estudiante. En uno de los montes que custodiaban la autopista de Barcelona alguien había escrito ‘tonto el que lo lea’. Me sentí gilipollas toda y cada una de las mañanas que pasé por allí, nunca fui capaz de ignorar aquella endemoniada frase. Debo ser alguien fácilmente influenciable porque a la vez que nos movíamos por la frontera entre México y Texas yo no paraba de pensar en echarle un ojo a la Bíblia.

La ciudad corría ante mi como un zoótropo gigante, a diferentes velocidades según la distancia de sus elementos. La montaña de las letras a penas se movía. El mantel de calles, farolas y casas destartaladas se desplazaba lento si lo comparabas con los postes de la luz y la valla fronteriza que pasaban a toda velocidad por el marco que dibujaba la ventanilla del copiloto. Todo salpicado del naranja del atardecer y aderezado por las rancheras y el tex-mex que escupía la radio de la camioneta.

Fue entonces cuando recordé los inquietantes datos sobre feminicidios y ajustes de cuentas que vi en televisión. La presentadora que solía sumergirse en estrafalarias aventuras durante veintiún días, había viajado a Juárez con la intención de transitar la ciudad más violenta del mundo. El programa emitió testimonios crudísimos y me pareció imposible que todas aquellas barbaridades se hubieran perpetrado en el escenario monocromático que se movía ante mis ojos. Los tonos rojizos que dominaban la tarde contrastaban con el México multicolor de las vírgenes y las calaveritas que inundan el imaginario colectivo.

Pensé en el Día de Muertos y en como, cada año, las almas de los fallecidos regresan al mundo de los vivos para compartir 24 horas de música, fiesta y comida picante. Asumí que en Juárez el primero de noviembre es, sin duda, un día de mucho ajetreo para los responsables del limbo. Los miles de ejecutados en aquella ciudad colapsan, seguro, el espacio de tránsito entre la vida y la muerte. Como en los controles aduaneros, en los que se ponen pocas trabas a los americanos que quieren meterse en México pero son extremadamente exigentes con el mexicano que pretende poner un pie en los Estados Unidos de América. Me imaginé algo similar: vía libre para los vivos que quieran visitar el averno pero un montón de trámites y papeleo para los difuntos que pretenden reunirse con los suyos en la codiciada vida real. Por un instante pensé en mi abuelo y fantaseé con la posibilidad de volver a reírme con él aunque fuese solo durante un día. Disfrutar de su acento y su humor malagueños.

Cuando quise darme cuenta México había desaparecido de mi campo de visión y la negrura de la noche se intensificaba sobre El Paso. Las luces de la ciudad se imponían y Juárez ya era solo un fotograma que encogía en el espejo retrovisor de la camioneta Dodge de Greg.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s